El Capitán tormenta
El Capitán tormenta —Son esclavos cristianos —dijo—. Muertos no valen para nada; vivos pueden servir para esto. Me parece que Haradja ha tenido una buena idea. ¿Qué iba a hacer con ellos? ¿Mantenerlos a sus expensas? ¡Al menos, asà producen algo!
—¡Unos mÃseros cequÃes! —dijo Nikola, que hacÃa prodigiosos esfuerzos para no lanzarse sobre el turco y atravesarle con el yatagán.
—Cuatro o cinco diarios —repuso el capitán—. ¿Te parece poco?
—La sobrina del bajá no puede tener necesidad de tal suma, y harÃa mejor en mostrarse más humana con estos desgraciados —dijo la duquesa, con mal contenida rabia.
—Haradja ama mucho el dinero, señor Hamid. ¡Vamos, genÃzaros, hacedlos trabajar! ¡No hay tiempo que perder!
Los soldados empuñaron nudosos vergajos y amenazaron con ellos a los esclavos, que miraban fijamente a los visitantes.
—¡Al agua, bribones! ¡Ya habéis descansado bastante; y si no trabajáis bien, esta noche no se os dará aguardiente!