El Capitán tormenta

El Capitán tormenta

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Los genízaros, después de haber presentado armas al alto personaje que se dignaba visitar los estanques, lanzando un silbido hicieron salir de otra tienda cercana docena y media de hombres, que al llegar los visitantes habían abandonado la ribera.

Un grito de horror salió del pecho de todos los cristianos, mientras el capitán prorrumpía en risa exagerada, diciendo con cruel cinismo:

—¡Están hermosos! ¡Los perros tendrán poco que comer cuando estos miserables hayan terminado de pescar sanguijuelas! ¡Ya se nota que no se alimentan con pechugas de pollo los pescadores de los estanques!

Estaban extremadamente delgados, hasta el punto de notárseles todos los huesos. Sus piernas aparecían cubiertas de llagas sanguinolentas, producidas por las mordeduras de los gusanos.

Sus ojos estaban velados como los de un moribundo, y los párpados, purulentos, parecían moverse con extremada fatiga.

Un temblor incesante agitaba todo su cuerpo, como si una fiebre altísima los devorase.

—¡Esos hombres van a morir! —exclamó la duquesa.

El turco se encogió de hombros.


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