El Capitán tormenta

El Capitán tormenta

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—¡Esperará también! ¡No estoy acostumbrada a recibir órdenes de nadie, ni del sultán! ¡Chipre no es Constantinopla; el Mediterráneo no es el Bosforo! ¡Viles esclavos, preparad mi caballo árabe!

—¡Una pregunta aún, señora! —dijo la duquesa.

—¡Habla, señor!

—¿No podré ver al vizconde?

—No está aquí —repuso Haradja—. Le he mandado a un estanque un poco lejano, donde me han dicho que abundan las sanguijuelas.

—¿Le has encargado a él de la pesca? —preguntó la duquesa, con un gesto de horror.

—No; dirige solamente los trabajos, Mustafá y Muley-el-Kadel no le encontrarán en mal estado. Ese gentilhombre me ha interesado más que los otros, a pesar de ser un perro cristiano. Además, puede pagar un gran rescate, y para la gente rica tengo ciertas consideraciones. Seguidme, bello capitán; se está mejor en el castillo que en estas lagunas pestilentes.

La duquesa miró un poco burlonamente a Haradja, y le dijo:

—Cuando queráis partir, señora, estoy dispuesto. No se hace esperar a las damas, como dicen los gentiles hombres occidentales.

La hija del bajá pareció prestar atención a aquella frase, diciendo:


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