El Capitán tormenta
El Capitán tormenta —¿Has viajado por los paÃses cristianos?
SÃ, señora, mi padre quiso hacerme conocer España, Francia y la hermosa Italia.
—¿Con qué objeto?
—Para perfeccionarme en el manejo de las armas.
—¿AsÃ, pues, serÃas capaz de batirte con armas rectas si llegara la ocasión?
—Valen más que las cimitarras turcas, a mi juicio.
—¡Bah! —repuso Haradja—. Metiub es un gran maestro de armas, y ni la espada italiana ni la francesa ni la cimitarra turca le asustan.
—¡Señora! —interrumpió uno de los esclavos entrando—. Vuestro caballo está dispuesto.
—¡Capitán, la comida nos espera en el castillo de Hussif!
—Estoy a tus órdenes —respondió la duquesa, inclinándose—. ¿Y el vizconde La Hussière?
—Mañana se unirá con nosotros —repuso Haradja—. Tengo interés en las sanguijuelas de mis estanques: es una gran riqueza explotable que los cristianos no habÃan comprendido.
Salieron de la tienda; un esclavo negro tenÃa por la brida un caballo árabe blanco.
—¡Ah! ¿Cómo te llamas? —dijo Haradja, de pronto.
—Hamid.