El Capitán tormenta

El Capitán tormenta

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Cuando volvió al centro de la sala, el turco se había provisto también de espadas italianas, aunque hubiera preferido empuñar la cimitarra.

—Me asombra, señor —le dijo—, que tú, un árabe, sepas usar estas armas de que solo se sirven los cristianos.

—Te diré, capitán, que mi maestro de armas era un renegado cristiano —replicó la duquesa—. Con estas armas, mejor que con las cimitarras, se prueba la habilidad de los espadachines. Además, un valiente capitán debe saber usar hasta las armas de los perros cristianos.

—¡Hablas mejor que el Profeta, señor! —dijo Haradja, encendiendo el tercer cigarrillo—. ¡Si yo fuera Selim, te nombraría maestro de armas del serrallo!

En vez de contestar, la duquesa se puso en guardia, descubriendo el cuerpo con una parada en segunda.

—¡Ah! ¡Ah! —dijo el turco—. ¡Se diría, señor, que tienes mucha confianza en tu habilidad! ¡He ahí una guardia que yo, maestro, no usaría nunca con un adversario cuya fuerza desconozco! ¡Te descubres demasiado!

—¡No te preocupes de mí! —replicó la duquesa—. ¡No acostumbro conversar con quien me hace frente!

—¡Entonces, evita esta, señor! —dijo exasperado el turco, tirándose a fondo rápidamente.


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