El Capitán tormenta

El Capitán tormenta

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—¡Tienes razón, señor! —dijo el turco—. Pero me parece que Haradja podía haber elegido otro adversario más fuerte para enfrentarse conmigo.

—Aún no me has probado, capitán.

El turco se volvió hacia Haradja, que continuaba fumando.

—¿Quieres su muerte? —preguntó—. Piensa en que, tratándose del hijo de un importante personaje, podrías tener algún disgusto con Mustafá.

—No te he pedido ningún consejo —dijo la sobrina del almirante—; haz lo que te he ordenado y nada más.

—Mataré al señor al primer ataque.

—No te pido tanto —replicó Haradja—. A ti te toca, joven capitán, elegir el arma.

Mientras la duquesa se acercaba a una de las cuatro panoplias que adornaban el salón, Haradja llamó imperiosamente al turco.

—¿Qué quieres, señora? —preguntó Metiub, que parecía muy irritado.

—¡Ten cuidado! ¡Una sola gota de sangre! ¡Si le matas, no verás la luz de mañana!

Metiub bajó la cabeza, y, conteniendo la cólera, retiró la mesa para tener mayor espacio.

Mientras tanto, la duquesa había elegido tres espadas italianas, largas, rectas, de guarda sólida, y las probaba curvándolas.


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