El Capitán tormenta
El Capitán tormenta —¡Ya no me divierte eso!
—¿Deseas que los luchadores indios se rasguen la piel a golpes de nuki-kokusti?
—Quiero convencerme de que sigues siendo la mejor espada de la escuadra.
—SerÃa necesario que me pusieses frente al León de Damasco, que dicen que es el más formidable espadachÃn del ejército. ¿Quieres que le mande llamar, señora?
—Está muy lejos, y no vendrÃa por mÃ.
—¡Por el Profeta! ¿Quieres que me mida contra las murallas? ¡Si eso puede distraerte, sea!
—Aquà hay alguien que te dará que hacer, Metiub —dijo Haradja.
—¿Quién? —preguntó el turco, mirando a su alrededor, asombrado.
Con un gesto le indicó Haradja a la duquesa, que continuaba sentada, como si la cosa no tuviese relación con ella.
El turco hizo un gesto de cólera.
—¿Es a ese muchacho a quien lanzas frente a m� —preguntó indignado.
—¡Yo un muchacho! —exclamó la duquesa con ironÃa—. ¡Parece, capitán, que has olvidado que soy el hijo del bajá de Medina!