El Capitán tormenta
El Capitán tormenta —Mira, señor: algunas veces, después de haber comido, se apodera de mà ese deseo sanguinario.
—No te comprendo, señora —dijo la duquesa.
—Quiero verte, señor, luchar con el capitán Metiub, que se alaba de ser el mejor espadachÃn de la escuadra de mi tÃo.
—Si lo quieres asÃ, señora… —respondió la duquesa frunciendo el ceño.
—Gentil capitán, dÃmelo francamente; ¿estás seguro de ti? ¡Me apenarÃa mucho verte, tan joven y tan bello, caer moribundo a mis pies!
—¡Hamid Leonor no teme a nadie! —replicó la duquesa con altivez—. ¡Llama a tu capitán de armas!
Haradja golpeó un gong de bronce con su martillo de plata, y, volviéndose hacia el esclavo que se presentó, le dijo frÃamente:
—Di al capitán Metiub que le espero aquà para verle jugarse la vida.
Poco después el capitán turco entraba en el salón, diciendo:
—¿Me has llamado, señora?
—SÃ; te necesito —respondió Haradja, encendiendo un segundo cigarrillo—. ¡Estoy aburrida!
—¿A pesar de la compañÃa de este joven guerrero? —preguntó el turco, con tono irónico—. ¿Qué puedo hacer para distraerte, señora? ¿Quieres que haga bailar a golpe de fusta a tus esclavos?