El Capitán tormenta

El Capitán tormenta

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—Y las mujeres turcas, ¿qué distracciones tienen? Recluidas en sus harenes, alejadas del rumor de la ciudad, casi enterradas vivas, se cansan pronto de los perfumes, de las danzas, de las esclavas y de los cuentos de las viejas. Una profunda tristeza se apodera de ellas, a la vez que las embarga un vivísimo deseo de emociones fuertes, aunque sean crueles. Sienten entonces la necesidad de ver sufrir a seres humanos, sueñan con sangre y destrozos, y se vuelven pensativas. Yo he pasado mi juventud en el harén de mi tío. ¿Podría ser distinta de las mujeres turcas? Después de todo, todas se parecen, sean turcas o cristianas.

—¡Oh! —exclamó la duquesa, haciendo un gesto de protesta.

—¡Escúchame, señor!

—¿Qué quieres, señora?

—Me he acordado de una cosa bastante interesante.

—¿De qué?

—Tú eres amigo del León de Damasco.

—Ya te lo he dicho.

—Y añadiste que ese formidable guerrero no te hubiera asustado. ¿No es cierto, señor?

—Eso creo —dijo la duquesa, que se mantenía en guardia, no acabando de comprender adonde iría a parar aquella criatura.


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