El Capitán tormenta
El Capitán tormenta —¡Selim! ¡Un sultán indolente que para evitar la fatiga se hace conducir en litera a través de los jardines de su serrallo y que no posee más vigor que el necesario para ordenar continuamente crueldades, con las cuales complace a las bellas de su harén! Si no tuviera dos grandes capitanes como Mustafá y mi tÃo AlÃ, Chipre estarÃa aún en manos de los venecianos, y las galeras de la República amenazarÃan acaso nuevamente a Constantinopla.
—Sin embargo, he oÃdo contar, señora, que a ti misma no te disgusta ser cruel.
—Yo soy una mujer, señor.
—No te comprendo —respondió la duquesa.
—¿Qué hacen en Arabia vuestras mujeres?
—Se ocupan en preparar la comida al marido y en cuidar la tienda y los camellos.
—¡Sà que tienen distracciones! —dijo Haradja, que seguÃa fumando con estudiada lentitud.
—Sin embargo, asà es, señora.