El Capitán tormenta

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A los pescados, realmente excelentes, siguieron otros platos, todos servidos en fuentes de oro o plata, y frutas deliciosas de Egipto y Trípoli; después, un esclavo sirvió verdadero café, que la duquesa estimó muchísimo, pues en aquella época era solo patrimonio de los nobles y poderosos señores turcos. Haradja se hizo llevar después un precioso cofrecillo de plata, y sacando de él dos rollitos blancos, ofreció uno a la duquesa.

—¿Qué son? —preguntó esta con curiosidad.

—Se fuman, porque debajo de esta envoltura blanca hay tabaco. ¿No los has visto nunca en tu país, señor?

—No, señora.

—¿No fuman en Arabia?

—Sí, algunos usan pipa, pero ocultamente. Ya sabes que Selim ha prohibido el uso del tabaco y dictado órdenes severísimas contra los que lo usan.

Haradja soltó una carcajada.

—¿Y crees que yo tengo miedo a Selim? Él está en Constantinopla, y yo estoy aquí.

Encendido el cigarro, los primeros que entonces se fabricaban, aspiró una bocanada de humo, y añadió:


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