El Capitán tormenta
El Capitán tormenta —¿Está preparada la comida? —les preguntó Haradja.
—SÃ, señora —contestaron, inclinándose profundamente.
El salón estaba amueblado con elegancia, pero sencillamente, sin grandes muebles pesados de los que en aquella época se usaban.
En su centro habÃa una mesa lujosamente puesta, con mantel de seda y flores, platos de plata maravillosamente cincelados, y vasos y jarras de cristal de Murano.
Haradja cogió un martillito de plata y golpeó en una campana de oro. Cuatro esclavos negros entraron llevando platos de plata que contenÃan pastelillos dulces perfumados con esencias, de los que tanto gustaban entonces a las mujeres musulmanas.
—Te abrirán el apetito —dijo Haradja a la duquesa.
La joven duquesa tomó algunos y los alabó en extremo; luego entraron dos esclavos llevando en un plato de oro una docena de pescados de escamas doradas.
—He aquà un plato raro que me complazco en ofrecerte, señor. Selim mismo no debe comerlo con frecuencia, dado su alto precio.