El Capitán tormenta

El Capitán tormenta

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—Trataré, señora, de no abusar de tu amabilidad.

—Pues te exijo que abuses —repuso Haradja.

—Entonces, ya no seré yo quien mande —replicó, sonriendo la duquesa.

La sobrina del bajá calló unos instantes, como meditando la respuesta, y añadió riendo:

—Tienes razón capitán, ya empezaba yo a mandar. Es una mala costumbre, pero ¡qué quieres! Estoy acostumbrada a dar órdenes siempre, no a recibirlas. Sígueme: la comida está dispuesta, pues ya oigo al sacerdote entonar la plegaria del mediodía.

Y haciendo un gesto con la diestra y encogiéndose imperceptiblemente de hombros, añadió a media voz:

—¡El Profeta se contentará con la plegaria de su sacerdote! ¡Dios es grande, y por hoy perdonará que no le recemos!

—¿Qué clase de mujer es esta? —murmuró la duquesa—. Feroz con los cristianos porque no son musulmanes, se burla de Alá y de su Profeta. ¿Será un enigma? ¡En guardia, capitán Tormenta!

Haradja confió a dos esclavos la custodia de los caballos, les encargó que atendiesen a la escolta, y cogiendo familiarmente de la mano a la duquesa, entró con ella en un amplio salón, a cuya puerta montaban guardia dos esclavos.


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