El Capitán tormenta
El Capitán tormenta Pasado un rato, la turca se volvió bruscamente hacia la duquesa. TenÃa los ojos encendidos y fruncidas las cejas.
—¿TemerÃas, Hamid, medir tus armas con el León de Damasco? —preguntó con acento salvaje que revelaba un acceso profundo de cólera.
—¿Qué quieres decir, Haradja?
—¡Responde a mi pregunta! ¿SerÃas capaz de hacer frente en un duelo al León de Damasco?
—Creo que sÃ.
—¿Es tu Ãntimo amigo?
—SÃ, Haradja.
—¡Qué importa! ¡Las más fuertes amistades se quebrantan, y no serÃa la primera vez que dos colegas, bien por una tonterÃa o por rivalidades de amor, se trocasen en mortales enemigos!
—No te comprendo, Haradja —dijo la duquesa, impresionada por el tono violento de la turca.
—Me entenderás mejor esta noche, después de la cena, gentil capitán. La libertad del cristiano está en mis mano; y si Mustafá quiere despojarse de los prisioneros de mi tÃo, tendrá que luchar conmigo. ¡Que venga a asaltarme si se atreve! ¡El bajá acaso vale más que el gran visir, y la escuadra, más que el ejército! ¡Que pruebe!
Haradja se habÃa erguido con los brazos cruzados sobre el pecho, los ojos llameantes y temblando de ira.