El Capitán tormenta
El Capitán tormenta —¡Que pruebe! —repitió con voz silbante.
Y, cambiando bruscamente de tono, añadió volviendo a sonreÃr alegremente:
—¡Ven, gentil capitán! ¡Reanudaremos la conversación después de la cena! ¡Mis tormentas son iguales a las del Mediterráneo: breves, pero terribles; se calman en seguida!
Haradja hizo recorrer a la duquesa casi toda la terraza, y se detuvo ante una vieja torre cuadrada.
—Por esta parte los marineros del gran almirante entraron en el castillo —dijo—. Yo estaba a bordo de la galera de mi tÃo, y pude seguir claramente las fases del terrible combate.
—¡Ah! —dijo la duquesa—. ¿Estabas también allÃ, Haradja?
—La sobrina del gran almirante no podÃa permanecer inactiva entre los muros de un harén. Era yo quien mandaba aquella galera.
—¿Tú?
—¿Te asombras, señor?
—¿Sabes pilotar un nave?
—Como cualquiera de los pilotos del bajá —replicó la turca—. ¿Crees que no he hecho cruceros por el Mediterráneo? He capturado no pocos navÃos cristianos, y me he lanzado al abordaje con mis soldados. Sin duda ignoras, señor, que mi padre era un corsario del Mar Rojo, se llamaba Ramaib.