El Capitán tormenta

El Capitán tormenta

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—Me suena su nombre.

—Murió trágicamente; esta noche te lo contaré.

Continuaron su paseo por la terraza, y cuando el sol se ocultaba en el horizonte volvieron al comedor, que estaba iluminado por cuatro hermosas lámparas de cristal de las fábricas de Murano, con gran número de candelabros.

La cena fue suntuosísima y regada con grandes botellas de vino de Chipre, a pesar del severo edicto del Profeta, que prohibía el uso del fermentado líquido.

Parecía que en aquel vino la turca buscaba alguna excitación, porque al vaciar el vaso lo llenaba de nuevo incitando al «gentil capitán» a imitarla.

—¡El Profeta no tiene tiempo de cuidarse de nosotros! —decía riendo—. ¡Bebe, Hamid; este vino conforta y da a la sangre un fuego que el agua no apaga!

Después del café, Haradja se tomó seria de nuevo. Se había puesto en pie y paseaba nerviosamente por el salón, deteniéndose de cuando en cuando frente a las panoplias.

La duquesa temió por un instante que tuviese la idea de algún nuevo duelo con otro capitán para distraerse, pero se tranquilizó al verla tenderse en un diván, haciéndole señas de que se acercase y se sentara a sus pies en un cojín de seda puesto sobre una alfombra persa.


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