El Capitán tormenta

El Capitán tormenta

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—A estas horas la carabela estará en el fondo del mar —replicó Nikola.

—¿Y el vizconde? —preguntó Perpignano.

—Parece ser que ya está aquí —contestó la duquesa.

—¿Y no habéis pensado, señora, en el peligro de que os reconozca y que algún grito involuntario os pierda?

—Déjame pensar, señora —intervino el griego—. Pertenezco a vuestra escolta, y, por lo tanto, puedo ver al prisionero. Nos tratan con gran consideración y respeto. Puedo aprovecharme de las buenas disposiciones de esos perros turcos. Idos, pues, con la sobrina del bajá, y dejadme obrar a mí. Yo conozco a los musulmanes.

—¿Le avisaréis, Nikola?

—Le pondré en guardia, señora.

—¡Cuento con vos! Ese peligro es mayor que la presencia de la carabela.

Leonor les hizo un gesto de adiós y se acercó a los esclavos que la esperaban.

—¡Os sigo! —les dijo.

Precedida por ellos, entró, no sin gran aprensión, en la sala donde había cenado la noche antes.

Haradja la esperaba frente a la mesa, en la que humeaba el café.


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