El Capitán tormenta

El Capitán tormenta

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—El cristiano ha llegado esta noche —dijo apenas vio a la duquesa—, y os espera fuera del castillo.

Leonor se estremeció, pero ocultó su emoción y preguntó aparentando indiferencia:

—¿Viene de los estanques?

—Sí.

—¿Está muy enfermo?

—El aire pestífero de las aguas estancadas no favorece a nadie —replicó Haradja—. ¡Bebe, gentil capitán, y no te cuides de ese infiel! El clima dulce de Venecia, si es cierto que Mustafá le enviará como embajador, restablecerá su salud. ¿Quieres partir enseguida?

—Sí, Haradja, si no dispones lo contrario.

—No es el cristiano de quien me preocupo —dijo la turca, mirándola—; es tu compañía lo que me faltará esta noche. Pero volverás pronto, ¿no es cierto, señor? —preguntó, con ímpetu—. ¡Me lo has prometido!

—Sí, si el León de Damasco no me mata.

—¡Matarte! ¡No, no es posible! —dijo exaltándose Haradja.

Y casi con tristeza preguntó, suspirando:

—No me olvidarás, ¿verdad, señor? ¿Y volverás pronto?

—Así lo espero —respondió Leonor.


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