El Capitán tormenta
El Capitán tormenta —¿Para decirle que yo no era un hombre, sino una mujer?
—Yo no he dicho eso —respondió el polaco, cuyo aspecto confuso le traicionaba.
—¡MentÃs como un verdadero renegado! —gritó airada la duquesa—. Solo vos y algunos amigos mÃos, incapaces de hacerme traición, sabÃan que yo era una mujer.
—No tenéis pruebas para acusarme.
—¡Las veo en vuestros ojos!
—Los ojos pueden mentir, y… ¡Basta ya, vive Dios! ¡Dejadme hablar! He venido aquà no como enemigo, sino como amigo, y estoy dispuesto a salvaros.
—¿Vos?
—Si, señora. Aunque renegado, gozo de más consideración entre los musulmanes que entre los cristianos: la prueba la tenéis en mi graduación.
—¿Y cómo podréis salvamos?
—Ante todo es necesario impedir que la galera llegue a Hussif. Si cayeseis de nuevo entre las manos de Haradja, todo se habrá perdido, y no quiero que esa mujer os mate.
—¿Qué puede importaros?
—¡Más de lo que creéis, señora! —contesto el polaco, mirándola fijamente.
—Explicaos mejor.
—¿No me habéis comprendido?