El Capitán tormenta
El Capitán tormenta —No.
—Salvándoos me expongo a gravÃsimos peligros, pues si me sorprenden, dada mi condición de renegado, no me salvarÃa del palo.
—Cierto —dijo la duquesa, que le escuchaba atentamente.
—Y creo tener derecho a una recompensa por el riesgo a que me expongo.
—¿Dinero? ¡Soy bastante rica para entregaros lo que pidáis! Decidme, ¿qué queréis?
—¿Qué quiero? —dijo vacilando el polaco—. ¡Vuestra…, vuestra mano!
El estupor de la duquesa fue tal, que por unos instantes no pudo articular palabra.
—¡Bromeáis, capitán! —dijo al fin conteniendo su indignación.
—¡Pardiez! ¡Os he amado y odiado al mismo tiempo! ¡Amado, por vuestra belleza, por vuestra audacia; odiado, porque vuestra espada venció a la del Oso de Polonia! Si aceptáis, esta noche la galera estará ardiendo y no volverá a Hussif.
La duquesa permaneció silenciosa, pero sus ojos brillaban extrañamente.
—¿Aceptáis el pacto? —preguntó el polaco.
—¡Si! —repuso la duquesa—. El vizconde es ya hombre muerto; pero debéis salvamos a todos. ¡Juradlo!