El Capitán tormenta
El Capitán tormenta Se hundió produciendo un remolino, y cuando reapareció estaba solo.
—¡Que vayan a pescarle ahora! —murmuró el miserable.
No obstante su armadura y su espada, comenzó a nadar vigorosamente, pasando por debajo de la proa de la galera.
Trataba de alcanzar a las chalupas, que en aquel momento se preparaban a partir.
Un barquichuelo tripulado por una media docena de musulmanes estaba próximo a él.
—¡A mí, marineros! —gritó—. ¡No dejéis morir a un capitán de genízaros!
—¡Todavía queda un puesto! —dijo una voz—. ¡Acércate, capitán!
El polaco se aproximó a la barquilla y ayudado por los marineros salió del agua.
—¡Derecho a la costa! —les dijo—. ¡Tendréis cincuenta cequíes de regalo!
Se colocó a popa, tomó la barra del timón, y la ligera embarcación se dirigió rápidamente hacia la isla, distante solo cinco o seis millas.
Pasando luego a proa, el polaco vio a la duquesa bajar a la chalupa con ayuda de El-Kadur.
—¡Los demás pueden abrasarse! —dijo—. ¡A mí me basta con que se salve ella! ¡Boga! No nos dejemos alcanzar, o nos echarán a pique.