El Capitán tormenta
El Capitán tormenta —¡Metiub no ha llegado aún! ¡Espero poder detenerle antes de que desembarque!
—¡A él! ¿Y con mis hombres no cuentas? ¿Y su galera? ¿Tienes acaso a tu disposición una escuadra?
—¡Ya verás de lo que es capaz el León de Damasco! ¡Adiós para siempre, Haradja!
El joven echó a andar, altivo y resuelto.
—¡Cuidado con el cordón de seda del sultán! —le gritó Haradja.
—¡Da orden, si quieres, para que me lo envÃe! —contestó, sin volverse, Muley.
Iba ya a atravesar el umbral, cuando Haradja le detuvo con un grito.
Muley se volvió, empuñando la cimitarra.
—¡Ah! ¡Me olvidaba de una cosa! —dijo la sobrina del 7 bajá, acercándose rápidamente a una panoplia llena de artÃsticas armas.
—¿Qué más quieres de mÃ? —preguntó el León de Damasco, que se mantenÃa en guardia.
—Hacerte un regalo que te será agradable.
—¿De qué se trata?
—Quiero darte la espada con la cual el bello Hamid puso fuera de combate al más terrible espadachÃn de la escuadra. Podrás unirla a la que te hirió a ti, y asà tendrás dos recuerdos de la mujer a quien amas.