El Capitán tormenta

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Y al decir esto pasó la mano por la pared, y apretó un botón de metal dorado, situado en la parte superior de la panoplia. El suelo cedió bajo los pies del León de Damasco.

Una losa del pavimento se había abierto y Muley-el-Kadel desapareció en una especie de pozo, lanzando un terrible rugido, seguido de una estridente carcajada de Haradja.

—¡Ya estás en mi poder, hábil guerrero! —dijo—. ¡Ah! ¡Qué ingeniosos son los venecianos! ¡He perdido a Hamid, pero he ganado al León, y lo uno me compensa de lo otro!

Se inclinó sobre el pavimento y escuchó atentamente.

A través de la losa se oían imprecaciones y amenazas: el León de Damasco no parecía estar a gusto en aquel pozo que probablemente comunicaba con los subterráneos del castillo.

—¡A los otros ahora! —dijo Haradja, alzándose.

Salió para dirigirse a la galería que circundaba el patio de honor. La escolta del León de Damasco estaba en el centro, con los arcabuces en ristre, cuyas mechas ardían, y las cimitarras al lado.


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