El Capitán tormenta
El Capitán tormenta —¡Corramos en ayuda de Perpignano! —dijo la duquesa.
Iban a dirigirse hacia la escalera, cuando El-Kadur, dando un salto de tigre, se puso delante de la duquesa, diciendo:
—¡Cuidado, señora!
En el mismo instante sonó una detonación, y el esclavo cayó lanzando un largo gemido.
Aquel tiro lo habÃa disparado el polaco. El miserable aún no habÃa expirado, y viendo cerca de sà un arcabuz con la mecha encendida, hizo fuego, apuntando a la duquesa con un esfuerzo supremo.
Mientras el tÃo Stake y Simón se precipitaban sobre el traidor y le remataban a golpes de cimitarra, la duquesa se habÃa arrodillado ante el árabe, cuyo negro rostro se tomaba grisáceo.
—¡Mi pobre El-Kadur! —gritó sollozando y cogiéndole la cabeza entre las manos.
—¡Muero…, señora…! ¡El corazón…, el corazón…! —repuso el esclavo con voz apagada—. ¡Adiós…, señora…; sé feliz!
—¡No, no morirás! —dijo Leonor.
El árabe sonrió tristemente, y miró a la duquesa con ojos ya vidriados por la muerte que se acercaba.