El Capitán tormenta
El Capitán tormenta —¡Muley-el-Kadel, hijo del bajá de Damasco, reta por tercera vez a los capitanes cristianos con armas blancas! ¡Si no aceptan, los trataré de viles canallas, indignos de combatir contra los fuertes guerreros de la medialuna! ¡Vengan, pues, a medirse conmigo de uno en uno, si tienen en las venas sangre de hombres! ¡Muley-el-Kadel los espera!
El capitán Laczinski se acercó al parapeto del fuerte, y con voz que parecÃa del mugido de un toro, y agitando a la vez trágicamente su espadón, contestó:
—¡Muley-el-Kadel no volverá a desafiar a los capitanes cristianos, porque dentro de cinco minutos le mataré! ¡Somos dos los que hemos jurado arrancarte la piel, perro descreÃdo!
—¡Que vengan! —repuso el turco.
Laczinski, volviéndose al capitán Tormenta, le dijo con cierta ironÃa, que no se ocultó a la joven duquesa:
—¿De veras le mataremos?
—¿De veras? —repitió el capitán Tormenta, con tono burlón.
—¡No me fÃo más que de mi espada!
—Y yo de la mÃa. ¡Vamos!
El polaco montó a caballo; el puente levadizo del fuerte fue bajado por orden del comandante y los dos valientes salieron galopando por la llanura.