El Capitán tormenta
El Capitán tormenta —No lo sé —repuso la joven duquesa—. Algo pretenden, sin embargo.
Apenas habÃa pronunciado estas palabras, cuando trompas y timbales enmudecieron.
Las columnas se abrieron y entre ellas pasó el gran visir Mustafá, cubierto de hierro bruñido, con un turbante adornado de gran penacho que brillaba como si estuviese cuajado de brillantes.
Montaba un caballo tordo y enjaezado con lujo inaudito. Le seguÃa un heraldo con una gran trompeta y un estandarte. Detrás, en una mula blanca, una doncella envuelta en un amplio velo. SeguÃan capitanes y bajaes, resplandecientes en sus corazas plateadas y caballeros en soberbio corceles.
El gran visir, que abrÃa el paso guiando con firme mano a su fogoso corcel, se detuvo a unos trescientos metros del fuerte de San Marcos; mirando a los capitanes cristianos, desenvainó la cimitarra y se volvió a sus guerreros gritando:
—¡Ved cómo vuestro visir rompe sus cadenas!
Con un imprevisto movimiento hizo dar a su caballo media vuela, colocándolo al lado de la mula, y alzándose sobre los estribos, con un golpe seco y terrible de cimitarra cortó en redondo el cuello de la doncella.