El Capitán tormenta
El Capitán tormenta El árabe aseguró su pistola y el yatagán, y envolviéndose en su capa, dijo:
—¡Obedezco, señora!
Se dirigió a la entrada, y mirando a la duquesa, dijo con profunda tristeza:
—¡Si no volviese y mi cabeza quedara en poder de los turcos, te deseo, señora, que encuentres pronto al vizconde Le Hussière, y que reconquistes con él la felicidad perdida!
La duquesa se habÃa levantado, y cogió entre sus manos la diestra de El-Kadur.
—¡Vete, fiel El-Kadur! —le dijo, dando un suspiro.
El árabe se puso en pie.
—¡O el León de Damasco te salva, señora, o le mataré! —dijo enérgicamente.
Y salió precipitadamente, mientras la duquesa murmuraba:
—¡Pobre El-Kadur! ¡Cuánta fidelidad y cuánto sufrimiento hay en su corazón!
Apenas estuvo fuera, el árabe se dirigió hacia donde veÃa brillar luces que indicaban el campamento turco improvisado en el centro de la ciudad. No sabÃa dónde habrÃa acampado el León de Damasco; pero tratándose del hijo de un bajá y de uno de los más valientes guerreros del ejército musulmán, estaba seguro de saberlo pronto.