El Capitán tormenta
El Capitán tormenta —Esos hombres pueden servir de ayuda, señor Perpignano.
—Asà lo creo, duquesa —repuso el veneciano, dándole por vez primera su verdadero tÃtulo de mujer—. Están apenas a trescientos pasos de aquÃ.
La joven permaneció silenciosa algunos instantes, y, volviéndose bruscamente hacia el árabe, le preguntó:
—¿Estás aún decidido?
—SÃ, señora —contestó—; solo ese hombre puede salvarte.
—¿Y si te engañase?
—El León de Damasco no llegarÃa hasta aquÃ, señora. El-Kadur tiene una pistola y un yatagán.
La duquesa miró al veneciano, quien no acertaba a comprender cómo confiaban en un turco que habÃa sido vencido.
—¿Creéis, señor Perpignano, que sea posible la fuga sin que los turcos nos descubran? —preguntó.
—No, señora —repuso el teniente—. La ciudad está llena de genÃzaros y rodeada por más de cincuenta mil turcos, que vigilan para que nadie se aleje de ella.
—¡Vete, El-Kadur! —dijo la duquesa—. ¡Nuestra última esperanza está en manos del León de Damasco!