El Capitán tormenta

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Mientras tanto, los esclavos habían sacado otros trajes egipcios y árabes para los marineros y Perpignano, pistolas magníficas y kadjars y yataganes adornados con incrustaciones de oro y perlas.

—Vamos ya. A medianoche cambiarán la guardia del fuerte Erizzo, y no quisiera tener que dar explicaciones a su comandante. Señora, ¿estáis dispuesta?

—Sí, Muley-el-Kadel —repuso la duquesa.

Se pusieron las armas en la cintura y, precedidos por los esclavos, salieron del subterráneo.

El-Kadur y Perpignano sostenían a la duquesa, que aún estaba débil.

Al pie de la torre esperaba un esclavo negro que custodiaba diez magníficos caballos árabes.

Muley-el-Kadel se acercó al más hermoso, y ayudando a montar a la duquesa, le dijo:

—Correrá como el viento, y nadie podrá detenerle. Respondo de él. En las alforjas encontraréis dos pistolas y buen número de cequíes.

—¿Y cómo podré pagaros tanta atención?

—¡No penséis en eso, señora! —repuso el turco—. Mi padre es el bajá más rico del Asia Menor, y sabrá con gusto que he sido generoso con quien me salvó la vida. Mi muerte hubiera sido la suya, y ninguna riqueza hubiera podido pagarla. ¡A caballo! ¡No hay tiempo que perder! —añadió volviéndose a los demás.


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