El Corsario Negro
El Corsario Negro El almuerzo, muy al contrario de las previsiones de Carmaux, tuvo poco de alegre, y el buen humor faltó, a pesar del excelente vino, de la magnífica cecina y del queso picante del pobre Notario.
Todos empezaban a estar inquietos ante el mal cariz que iban tomando las cosas por causa de aquel desgraciado jovencillo y de su matrimonio. Lo misterioso de su desaparición, juntamente con la del criado, debía de haber puesto en cuidado a los parientes y eran de esperar muy pronto nuevas visitas de criados, de amigos, o lo que era peor, del juez o del alguacil.
Aquel estado de cosas no podía durar de ninguna manera. Los filibusteros harían todavía algunos prisioneros más; pero después acudirían soldados, y no uno a uno, para que los prendiesen.
El Corsario y sus dos marineros expusieron y discutieron varios proyectos; pero ninguno pareció bueno. Por el momento era imposible huir: los reconocerían en seguida, les echarían mano y los ahorcarían como al desventurado Corsario Rojo y a sus hombres. Era preciso esperar la noche; pero también había que suponer que los parientes del jovencito no los dejasen tranquilos.
Los tres filibusteros, generalmente tan fecundos en astucias, se encontraban en aquel momento en un atolladero.
