El Corsario Negro

El Corsario Negro

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Ya en el desván, el africano mostró al Corsario una abertura ancha e irregular que comunicaba con el tejado, y que había hecho sirviéndose de una traviesa arrancada al maderamen del tejado.

—¡Adelante! —dijo el Corsario. Envainó momentáneamente la espada, se cogió a los bordes del boquete y subió al tejado, echando una rápida mirada en derredor.

Vio que había tres o cuatro tejados más adelante, y árboles elevados y palmeras, una de las cuales crecía al lado de un muro y extendía sus espléndidas hojas sobre las tejas.

—¿Es por allí por donde tenemos que descender? —preguntó al negro, que se le había reunido.

—¡Sí, patrón!

—¿Se podrá salir de aquel jardín?

—¡Eso espero!

El conde de Lerma, su sobrino, el criado y el mismo Notario también, empujados por los robustos brazos de Wan Stiller, estaban ya en el tejado, cuando apareció Carmaux, diciendo:

—¡Pronto, señores; dentro de dos minutos se hundirá la casa bajo nuestros pies!

—¡Arruinado! ¡Estoy arruinado! —sollozó el Notario—. ¿Quién va a resarcirme?

Wan Stiller le cortó la palabra empujándole con rudeza.


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