El Corsario Negro

El Corsario Negro

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—¡Andad, si no queréis ir por los aires! —le dijo.

Seguro de que allí no había enemigos, el Corsario había saltado a otro tejado, seguido por el conde de Lerma y su sobrino.

Las descargas sucedían a las descargas, y nubes de humo se elevaban por la callejuela, deshaciéndose lentamente por encima de las casas. No parecía sino que los arcabuceros habían decidido acribillar la casa del Notario antes de echar abajo la puerta, con la esperanza, quizá, de obligar a rendirse a los filibusteros.

Probablemente temían que el Corsario se decidiera a poner en ejecución la terrible amenaza de sepultarse entre los escombros juntamente con sus cuatro prisioneros; este temor los detenía, y no se atrevían a intentar un asalto general.

A pesar de tener que llevar en vilo al Notario, que no podía moverse (tanto era su espanto), los filibusteros llegaron en pocos instantes a la orilla del último tejado y al lado de la palmera.

Abajo se extendía un amplio jardín circuido por un muro muy alto, que parecía prolongarse en dirección del campo.

—¡Yo conozco este jardín! —dijo el Conde—. Pertenece a mi amigo Morales.

—¿Supongo que no nos descubriréis? —dijo el Corsario.


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