El Corsario Negro

El Corsario Negro

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—¡Al contrario, caballero! ¡Todavía no he olvidado que os debo la vida!

—¡Pronto; bajemos en seguida! —dijo Carmaux—. ¡La explosión puede lanzarnos al vacío!

Apenas había terminado de decir esto cuando se vio brillar un enorme relámpago, al cual siguió sin solución de continuidad un horroroso estampido. Los filibusteros y cuantos los acompañaban sintieron retemblar el tejado bajo sus pies, e inmediatamente cayeron unos sobre otros, en tanto que en derredor de ellos llovían trozos de madera, muebles deshechos y pedazos de tela ardiendo.

Sobre los tejados se extendió una nube de humo que lo envolvió todo durante algunos instantes, y en la callejuela se oyó el crujir y derrumbar de paredes, mezclándose con aquel estruendo gritos de terror y de ira.

—¡Truenos! —exclamó Carmaux, que había ido a parar hasta el borde del alero—. ¡Un par de pies más allá y caigo en el jardín como un saco de lana!

El Corsario Negro se había levantado prontamente, vacilando entre el humo que le envolvía.

—¿Están todos vivos? —preguntó.

—¡Eso creo! —contestó Wan Stiller.

—¡Pero aquí hay alguien inmóvil! —dijo el Conde—. ¿Le habrá matado algún cascote?


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