El Corsario Negro

El Corsario Negro

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—¡Es el poltrón del Notario! —contestó Wan Stiller—. Pero tranquilizaos; no es más que un desvanecimiento producido por el susto.

—¡Dejémosle ahí! —dijo Carmaux—. ¡Ya saldrá del atranco como pueda, si es que no se muere con el sentimiento de haber perdido la casuca!

—¡No! —contestó el Corsario—. Entre el humo veo levantarse llamas, y si le dejásemos aquí, correría el peligro de morir abrasado. La explosión ha incendiado las casas contiguas.

—¡Es verdad! —dijo el Conde—. ¡Allí veo una que comienza a arder!

—¡Amigos míos, aprovechémonos de la confusión para huir! —dijo el Corsario—. ¡Tú, Moko, te encargas del Notario!

Se acercó al borde del alero del tejado, se agarró al tronco de la palmera y se dejó deslizar al jardín, seguido por los demás.

Iba a echar a andar por un sendero que conducía directamente al muro que cercaba al jardín, cuando vio que algunos hombres armados con arcabuces se lanzaban fuera de la espesura gritando:

—¡Quietos o hacemos fuego!

El Corsario empuñó la espada con la diestra y con la otra mano se quitó del cinto una pistola, decidido a abrirse paso; el Conde le detuvo con un gesto.

—¡Dejadme a mí, caballero!


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