El Corsario Negro
El Corsario Negro Y, adelantándose al encuentro de aquellos hombres, añadió:
—¡Cómo! ¿No conocéis a los amigos de vuestro amo?
—¡El señor Conde de Lerma! —exclamaron atónitos.
—¡Abajo las armas o me quejaré de vosotros a mi amigo!
—¡Perdone el señor Conde —dijo uno de aquellos criados—; ignorábamos con quién tenÃamos que habérnoslas! Hemos oÃdo una detonación espantosa, y como sabÃamos que los soldados cercaban en la vecindad a unos corsarios, hemos acudido para impedirles la fuga.
—Los filibusteros han escapado ya y, por tanto, podéis iros. ¿No hay puerta alguna en la tapia del jardÃn?
—SÃ, señor Conde.
—Pues abrÃdnosla para que podamos salir mis amigos y yo, y no os cuidéis de más.
Aquel hombre despidió con una seña a los de los arcabuces, y dirigiéndose por un sendero lateral llegó ante una puerta forrada de hierro y la abrió.
Los tres filibusteros y el negro salieron precedidos por el Conde y su sobrino. El criado, que tenÃa en brazos al Notario, el cual seguÃa desvanecido, se detuvo al lado del que abrió la puerta del jardÃn.