El Corsario Negro

El Corsario Negro

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El Conde guio a los filibusteros como unos doscientos pasos, metiéndose por un callejón desierto flanqueado solamente por murallas, y en seguida dijo:

—Caballero, me habéis salvado la vida, y yo me felicito de haber podido prestaros este pequeño servicio. Hombres tan valerosos como vos no deben morir en la horca; y os aseguro que no habría perdonado al Gobernador si hubierais caído en sus manos. Seguid adelante este callejón, que desemboca en campo abierto, y retomad en seguida a bordo de vuestro buque.

—¡Gracias, Conde! —contestó el Corsario.

Los dos nobles se estrecharon la mano cordialmente y se separaron, quitándose el sombrero.

—¡Ese es un hombre de una vez! —dijo Carmaux—. ¡Si volvemos a Maracaibo, no he de dejar de ir a buscarle!

El Corsario se puso en marcha rápidamente, precedido por el negro, que conocía quizá mejor que los mismos españoles todos los alrededores de la ciudad.

Diez minutos después, y sin contratiempo alguno, se encontraban fuera de Maracaibo los filibusteros y penetraban en las lindes del bosque, en medio del cual hallábase la cabaña del encantador de serpientes.


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