El Corsario Negro

El Corsario Negro

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Miraron atrás, y vieron elevarse por entre las últimas casas una nube de humo rojizo coronada por un penacho de chispas que el aire empujaba hacia el lago. Era la casa del Notario, que acababan de consumir las llamas, probablemente en unión de alguna otra vivienda.

—¡Pobre diablo! —dijo Carmaux—. ¡Se morirá del disgusto! ¡Su casa y su bodega! ¡Es un golpe demasiado rudo para un avaro como él!

Se detuvieron durante unos cuantos minutos bajo la oscurísima sombra de un gigantesco simaruba, por temor a que en los alrededores hubiese algún pelotón de españoles de los enviados a explorar la campiña. Cuando, ya tranquilizados por el profundo silencio que reinaba en el bosque, decidieron marchar, avanzaron a escape, siempre bajo los árboles.

Bastáronles veinte minutos para recorrer la distancia que los separaba de la cabaña. No distaban de ella más que algunos pasos cuando oyeron un gemido.

—¡Truenos! —exclamó Carmaux—. ¡Es nuestro prisionero, que dejamos atado al tronco de un árbol! ¡Ya me había olvidado de ese soldado!

—¡Es verdad! —murmuró el Corsario.

Se acercó a la cabaña y distinguió al español, que todavía estaba atado.

—¿Queréis hacerme morir de hambre? —preguntó el pobre hombre—. Entonces, debéis hacer que me ahorquen en seguida.


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