El Corsario Negro
El Corsario Negro —¿Ha venido alguien a rondar por estos sitios? —le preguntó el Corsario.
—¡Señor, yo no he visto más que vampiros!
—Anda y ve a coger el cadáver de mi hermano —dijo el Corsario, dirigiéndose al negro.
En seguida, acercándose al soldado, que habÃa comenzado a temblar temiendo que hubiese llegado su última hora, le libertó de las ligaduras, diciéndole con voz sorda:
—¡Yo podrÃa vengar en ti antes que en nadie la muerte del que voy a enterrar en el Océano y la de sus desgraciados compañeros, colgados todavÃa en la plaza de esa ciudad maldita; pero te he prometido el perdón, y el Corsario Negro no ha faltado jamás a la palabra empeñada! Eres libre; pero debes jurarme que apenas llegues a Maracaibo irás a ver al Gobernador y decirle en mi nombre que yo, ante mis hombres escalonados en el puente de mi barco y ante el cadáver del Corsario Rojo, haré un juramento tal que le hará temblar. Ese hombre ha matado a mis dos hermanos, y yo le mataré a él y a cuantos lleven el nombre de Wan Guld. Le dirás que he jurado por el mar, por Dios y por el infierno, y que nos veremos muy pronto.
En seguida, cogiendo al prisionero, que quedó estupefacto y empujándole por la espalda, añadió:
—¡Anda y no vuelvas atrás, porque podrÃa arrepentirme de haberte perdonado la vida!