El Corsario Negro
El Corsario Negro Nadie sabÃa decir qué era lo que hacÃan ambos en el camarote, cerrado por dentro con llave, ni siquiera el segundo de a bordo, porque Carmaux, que habÃa querido preguntarle algo, recibió una repulsa y un gesto amenazador, que querÃa decir, poco más o menos:
—¡No te cuides de lo que no te importa, si aprecias en algo tu pellejo!
Llegada la noche, y mientras El Rayo recogÃa parte de sus velas por miedo a cualquier golpe de viento repentino, tan comunes en aquellos parajes y que casi siempre ocasionan desgracias, Carmaux y Wan Stiller, que rondaban por cerca de la cámara, vieron al fin salir por la escotilla de popa la lanosa cabeza del africano.
—¡Aquà está el compadre! —exclamó Carmaux—. ¡Supongo que sabremos si está el Comandante a bordo o sà ha ido a conferenciar con sus hermanos al fondo del mar! ¡Ese hombre fúnebre también serÃa capaz de eso!
—¡Ya lo creo! —dijo Wan Stiller, que conservaba sus recelos supersticiosos—. Yo lo tengo más bien por un espÃritu del mar que por un hombre de carne y hueso, como nosotros.
—¡Eh, compadre! —dijo Carmaux al negro—. ¡Ya era tiempo de que vinieras a saludar al compadre blanco!
—Me ha entretenido el patrón —contestó el africano.