El Corsario Negro

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En cambio, no se veía ningún barco. Los marineros de guardia en cubierta, a pesar de tener una vista perspicaz todos ellos, no veían asomar por el horizonte velero alguno en ninguna dirección. El miedo a encontrarse con los fieros corsarios de las Tortugas mantenía a los buques españoles resguardados en los puertos de Yucatán y de Venezuela o en los de las grandes islas antillanas, hasta que pudieran formar una verdadera escuadra. Únicamente los barcos bien armados y con tripulaciones numerosas se atrevían a atravesar el mar Caribe o el Golfo de México, pues sabían por experiencia cuánta era la astucia de aquellos crueles piratas que habían desplegado sus banderas en los islotes de las Tortugas.

Durante el día que siguió al entierro del Corsario Rojo, nada ocurrió a bordo del barco filibustero.

El Comandante no se había dejado ver en la cubierta ni en el puente de órdenes. Había abandonado el mando y el gobierno del buque a su segundo, se encerró en su camarote y nadie había vuelto a tener noticia suya, ni siquiera Carmaux y Wan Stiller.

Lo que sí se había sabido era que tenía consigo al africano; por lo menos, esto se sospechaba, pues tampoco al negro habían vuelto a verle, ni le encontraban en parte alguna del buque.


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