El Corsario Negro
El Corsario Negro Por entre las tinieblas que cubrÃan el murmurante mar corrÃan casi a flor de agua dos puntos luminosos, que no podÃan confundirse con las estrellas que brillaban en el horizonte.
—Están a cuatro millas de distancia —dijo.
—¿Y se dirigen al Sur? —preguntó el Corsario.
—Hacia Maracaibo.
—¡Desgraciados de ellos! ¡Ordenad virada de bordo y de cortar el camino a ese buque!
—¿Qué más?
—¡Mandad traer a cubierta cien granadas de mano, y asegurad todo en la estiba y en los camarotes!
—¿Atacaremos con el espolón?
—SÃ, si eso es posible.
—¡Perderemos los prisioneros, señor!
—¿A mà que me importa?
—¡Pero puede ir ese barco cargado de riquezas!
—¡Tengo tierras y castillos en mi patria!
—Hablaba por lo que toca a nuestros hombres.
—Para ellos tengo oro. ¡Mandad virar de bordo!
Al primer mandato resonó a bordo el silbido del contramaestre. Los hombres de maniobra largaron las velas con la rapidez del rayo y con una exactitud matemática, al mismo tiempo que el timonel ponÃa la rebola a la orza.