El Corsario Negro

El Corsario Negro

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Aquellos depredadores del mar, que habían caído en el golfo de México provenientes de todas partes de Europa[1], y que se reclutaban entre la canalla de los puertos de mar de Francia, de Italia, de Holanda, de Alemania y de Inglaterra, corroídos por todos los vicios, pero despreciadores de la muerte y capaces de los más grandes heroísmos y de las mayores audacias, se convertían en corderos obedientes, sin perjuicio de transformarse en tigres en el combate.

Sabían que sus jefes no dejaban impune ninguna falta, y que la más pequeña indisciplina se la harían pagar con un pistoletazo en la cabeza, o por lo menos abandonándolos en alguna isla desierta.

Así que el Corsario Negro vio a toda su gente en sus puestos respectivos, mirándoles casi uno por uno, se volvió hacia Morgan, que estaba esperando sus órdenes:

—¿Imagináis que ese barco es…?

—Español, señor —contestó el segundo.

—¡Los españoles! —exclamó el Corsario de un modo sombrío—. ¡Para ellos esta será una noche fatal, pues muchos no volverán a ver el sol!

—¿Acometeremos esta noche ese barco, señor?

—¡Sí; lo echaremos a pique! ¡Allá abajo duermen mis hermanos; pero ya no dormirán solos!

—¡Sea, si es que así lo deseáis, señor!

Saltó sobre la amura, cogiéndose a una escalerilla, y miró a sotavento.


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