El Corsario Negro
El Corsario Negro —Pero a mà me parece que ese barco es muy alto de bordo —contestó Wan Stiller midiendo la elevación que habÃa del agua a los faroles del palo—. ¡No quisiera que fuese un barco de lÃnea que vaya a reunirse con la escuadra del almirante Toledo!
—¡Psch! ¡Eso no le da miedo al Corsario Negro! No ha habido buque alguno hasta ahora que haya podido resistir a El Rayo; además, ya habrás oÃdo que el Comandante hablaba de acometerle con el espolón.
—¡Truenos de Hamburgo! ¡Si hace eso continuamente, cuando menos lo piense se quedará sin proa El Rayo!
—¡Está hecha a prueba de escollos, querido!
—¡Pero a veces también se rompen los escollos!
La voz del Corsario rompió de pronto el silencio que reinaba a bordo.
—¡Hombres de la maniobra! ¡Arriba las suplementarias, y afuera las bonetas!
Las velas suplementarias que habÃa en las extremidades de los penoles del palo maestro y del trinquete, de los papahigos y contrapapahigos, quedaron desplegadas en un abrir y cerrar de ojos.
—¡De caza! —exclamó Carmaux—. ¡Según parece, boga bien el barco español para obligar a El Rayo a largar todo el trapo!
—¡Te digo que tenemos que habérnoslas con un barco de lÃnea! —repitió Wan Stiller—. ¡Mira qué arboladura tan alta lleva!