El Corsario Negro

El Corsario Negro

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—¡Está bien! Vendrá con nosotros a las islas de las Tortugas, y si quiere la libertad, pagará el rescate que fije mi tripulación. Marchaos, valientes defensores de vuestra patria y de su bandera. Hago votos por que lleguéis felizmente a la costa.

—¡Gracias, señor!

La chalupa grande había sido echada al agua con víveres para ocho días, con arcabuces y cierto número de cargas.

El contramaestre y sus dieciocho marineros descendieron a la embarcación, en tanto que el estandarte de España dejaba el puesto a las negras banderas del filibustero, saludadas con dos cañonazos.

El Corsario Negro había salido a proa y miraba a la chalupa, que se alejaba rápidamente dirigiéndose hacia el Sur; esto es, hacia donde se abría la amplia bahía de Maracaibo. Cuando ya vio muy lejos la chalupa, descendió, murmurando:

—¡Y esos hombres son los que manda el traidor!…

Miró a sus gentes, ocupadas en transportar a la enfermería a los heridos y en encerrar en lonas los cadáveres para arrojarlos al mar, e hizo una seña a Morgan.

—Decid a mis hombres —le dijo— que renuncio en favor de ellos la parte que pueda tocarme en la venta de este barco.


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