El Corsario Negro
El Corsario Negro —¡Pero, señor —exclamó asombrado su lugarteniente—, este buque vale muchos miles de piastras! ¡Eso lo sabéis!
—¿Y a mà qué me importa el dinero? —contestó el Corsario despreciativamente—. Hago la guerra por motivos puramente personales, y no por avidez de riquezas. Además, yo ya he cobrado mi parte.
—¡Eso no es cierto, señor!
—SÃ; podÃa haber llevado a las Tortugas a los diecinueve prisioneros, los cuales, para quedar libres, tendrÃan que pagar su rescate.
—¡ValÃan bien poco! ¡Quizá no habrÃan podido pagar todos ellos mil piastras!
—A mà me basta. Decid a mis hombres que fijen el rescate de la duquesa que viene a bordo de este buque. El gobernador de Veracruz y el de Maracaibo pagarán si quieren verla libre.
—Nuestros hombres son aficionados al dinero; pero quieren más todavÃa a su Comandante, y os cederán los prisioneros de la cámara.
—¡Bueno; ya veremos! —contestó el Corsario encogiéndose de hombros.
Iba a dirigirse hacia popa, cuando se abrió de repente la puerta de la cámara y apareció una jovencita, seguida de dos mujeres y de dos pajes lujosamente vestidos.