El Corsario Negro

El Corsario Negro

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Era la jovencita una linda criatura, alta, elegante, de líneas suavísimas; tenía la epidermis de color blanco rosado, de ese rosado que tan sólo poseen las muchachas de los países septentrionales, y sobre todo las que pertenecen a la raza anglosajona o escotodanesa.

Sus blondos cabellos eran de color del oro pálido, y le caían por la espalda formando una gran trenza, que terminaba en un gran lazo azul bordado de perlas; sus ojos, admirablemente bellos, tenían un color indefinido, con reflejos de acero bruñido, y estaban coronados por cejas finísimas y, cosa extraña, negras en vez de rubias.

Aquella jovencilla, niña todavía, pues no tenía aún desarrollo completo de la mujer, vestía un elegante traje de seda azul con gran cuello, como antes se usaba, pero sencillísimo, sin adorno alguno de oro ni plata; en cambio, rodeábanle la garganta varios hilos de perlas gruesas, que valían unos cuantos miles de piastras, y de sus orejas pendían dos magníficas esmeraldas, piedras en aquellos tiempos apreciadísimas.

Las dos mujeres que la seguían, dos camaristas, sin duda alguna, eran mulatas, lindas las dos, y tenían el color ligeramente bronceado, con reflejos de cobre; detrás de ellas iban los pajes.


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