El Corsario Negro

El Corsario Negro

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Al ver la cubierta del barco llena de muertos y de heridos, de armas, de aparejos hechos pedazos y de balas de cañón, y además chorreando sangre, la jovencilla hizo un gesto ante tan horrible espectáculo; pero al reparar en el Corsario Negro, que se había detenido a cuatro pasos de distancia, le preguntó con aire de enfado y arrugando el entrecejo:

—¿Qué es lo que ha sucedido caballero?

—Ya podéis suponerlo, señora —contestó el Corsario—. Una batalla terrible, que ha terminado mal para los españoles.

—Y vos, ¿quién sois?

El Corsario arrojó lejos de sí la espada ensangrentada, que todavía no había dejado, y quitándose cortésmente el amplio sombrero, dijo con exquisita finura:

—Yo, señora, soy un noble del otro lado del mar.

—Eso no me explica nada —dijo la joven, un tanto satisfecha de la gentileza del Corsario.

—Entonces, añadiré que soy el caballero Emilio de Roccabruna, señor de Valpenta y de Ventimiglia, pero que tengo otro nombre muy distinto.

—¿Qué nombre, caballero?

—Soy el Corsario Negro.

Al oír este título, un gesto de terror contrajo el rostro de la hermosa jovencita, y su tez rosada se puso blanca como el alabastro.


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