El Corsario Negro
El Corsario Negro —Es preciso que yo lo sepa, si queréis obtener la libertad.
—¿La libertad? ¡Ah, sÃ; es cierto! ¡Olvidaba que soy vuestra prisionera!
—¡MÃa no, señora; de los filibusteros! Si se tratase de mÃ, pondrÃa a vuestra disposición mi mejor chalupa y mis marineros más fieles para que os desembarcasen en el puerto más cercano; pero yo no puedo sustraerme a las leyes que rigen entre los hermanos de la costa.
—¡Gracias! —dijo ella con una sonrisa adorable—. ¡Me parecÃa muy extraño que un noble del caballeresco ducado de Saboya se hubiese convertido en ladrón de mar!
—La palabra puede ser dura para los filibusteros —dijo él arrugando la frente—. ¡Ladrones del mar! Quizá algún dÃa podáis saber el motivo por el cual un caballero, un noble del ducado de Saboya, ha venido a hacer estragos en las aguas del gran golfo americano. ¿Vuestro nombre, señora?
—Honorata Willeman, duquesa de Weltendran.
—Está bien, señora. Retiraos a la cámara, pues nosotros tenemos que cumplir la triste misión de sepultar a los héroes que han muerto en la lucha; pero esta tarde os espero a comer a bordo de mi barco.