El Corsario Negro
El Corsario Negro —¡Gracias, caballero! —dijo la joven ofreciéndole una mano blanca y pequeña como la de una niña y de afilados dedos.
Hizo una ligera inclinación y se retiró lentamente; pero antes de entrar en la cámara se volvió, y al ver al Corsario Negro, que permanecÃa inmóvil en el mismo sitio y con el sombrero todavÃa en la mano, le dirigió una sonrisa.
El filibustero no se habÃa movido. Sus ojos, que se tornaron tétricos, estaban fijos en la puerta de la cámara, y su frente se puso aborrascada.
Asà estuvo durante algunos minutos, como absorto en un pensamiento tormentoso, y como si sus miradas siguieran a una visión que huÃa. Al cabo, moviendo la cabeza, murmuró:
—¡Locuras!…