El Corsario Negro
El Corsario Negro Siempre retrocediendo en la toldilla de la cámara, llegó hasta el extremo del puente de órdenes, donde se detuvo algunos momentos; pero al cabo prosiguió su marcha atrás hasta tropezar con Morgan, que estaba terminando su cuarto de guardia.
—¡Ah! —le dijo algo confuso, mientras que rápido rubor coloreaba sus mejillas.
—¿Mirabais también el color del sol, señor? —le preguntó el segundo.
—¿Qué tiene el sol?
—¡Prestad atención!
El Corsario abrió los ojos y vio que el astro diurno, poco antes fulgurante, adquiría un color rojizo que le hacía parecerse a una plancha de hierro incandescente. Se volvió hacia los montes de Jamaica y vio que sus cumbres se destacaban con mayor nitidez en el cielo, como si estuviesen iluminadas por una luz mucho más viva que hasta entonces.
En el rostro del Corsario se manifestó en el acto cierta inquietud, y sus ojos se tornaron hacia el buque español, deteniéndose otra vez en la joven flamenca, la cual seguía en el mismo sitio.
—¡Vamos a tener huracán! —dijo, al fin, con voz sorda.
—Todo lo indica, señor —respondió Morgan—. ¿No sentís ese olor nauseabundo que se eleva del mar?